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¡Román!
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Dime…
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Espero que ya le hayas dado
de comer
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Aún no, pero voy a hacerlo
en cuanto termine con esto…
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Eres lento. Lo haré yo.
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¡De ninguna manera! Es
peligroso y ya sabes como se pone cuando vas tú.
No
hace el menor caso a su hijo y camina con paso firme hasta llegar al granero;
oscuro y húmedo, a cada paso la determinación se le esfuma. El crujir de las
espigas en el granero es cada vez más repetitivo conforme el viejo avanza. Sin
duda eso se percata de la proximidad
del viejo.
El cerrojo se desliza y la puerta
apenas es abierta, se oye un gruñido y pasos de cuadrúpedo que se aproximan a
gran velocidad, el viejo apenas arroja un plato con nauseabunda sustancia y
vuelve a cerrar todo lo que su artrítica agilidad le permite. Román llega casi
al instante.
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Te dije que no fueras. ¿Qué
hubieras hecho si logra salir?
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Si te importara como haces
creer, lo hubieras hecho tú mismo.
Román calla y sigue a su padre con
la cabeza baja. –Que sea despistado no
significa que no me preocupe que salga del granero –piensa. Continúan
caminando hasta llegar al comedor, donde ambos se sientan.
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¿Sabes hijo? – Era la primera vez en muchos años que lo llamaba de aquella
manera – no tiene la culpa de haber nacido así. Seguro fue la vacuna contra la
rabia que le inyectaron a la madre mientras se gestaba.
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Tienes razón – dijo absorto,
tratando de asimilar que lo hubiera llamado de esa forma tan relativamente
cariñosa, y continuó contestando de manera mecánica – debe ser eso.
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Pero debes entender que a mí
lo que me preocupa no es el pobre american
pit bull deforme que por lástima ocultamos en el granero; y lo sabes, lo
que me preocupa es lo otro…

Exquisitamente perturbador, te felicito.
ResponderEliminarGracias Renzo, y te invito a que sigas visitando el blog.
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