Si
bien ninguno de los dos amaba al otro, se habían acostumbrado a compartir
facturas y la recámara, ni siquiera hablaban y cuando lo hacía era como si
estuvieran mal sintonizados. Un día ella decidió que si no se iba la rutina la
mataría y partió junto a unos misioneros en una campaña de alfabetización.
Él
no sabía a qué inhóspita zona del globo había ido la misión ni por cuánto
tiempo, la incertidumbre y la espera lo atormentaban, habría querido abordar un
avión al Congo o a Tel Aviv, pero nada le garantizaba que ella estuviera en
alguno de esos lugares, así que esperó.
Dos
meses después ella volvió. Cuatro meses después de que ella partió, él se
enteró de su regreso. La razón de que no se enterara antes era simple: volvió a
su departamento de soltera y dejó fuera al mundo, el motivo era lo intrigante y
por más que él indagó no obtuvo respuesta, así que harto de tanto hermetismo
fue a verla.
Por
suerte llegó justo cuando ella sacaba la
basura a la calle. Ahí mismo, él con el uniforme de su trabajo y ella vestida
como una esclava, él afirmó quererla todavía y necesitarla en su vida, ella
bajó la vista al suelo y se cubrió la cabeza con la chalina dejando libres
únicamente los ojos. A las palabras atropelladas de ella únicamente se les
extraía el sufrimiento de una negativa necesaria, como consecuencia de un
terrible mal adquirido durante la misión. Ella fue firme por el bien de los
dos, él no lo fue y la dejó.
Un
par de semanas después él dejó todo y cambió su residencia a otra ciudad. Quiso
la suerte que coincidiera con un viejo conocido de ambos y fueran a almorzar,
esa tarde él se enteró que ella nunca había dejado el país sino que había
estado en una comunidad rural y que aquel famoso y contagioso mal que según
tenía entendido se propagaría como la malaria, no era otra cosa que un asunto
de piojos.
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