domingo, 18 de noviembre de 2012

El mal del rincón ignóto



Si bien ninguno de los dos amaba al otro, se habían acostumbrado a compartir facturas y la recámara, ni siquiera hablaban y cuando lo hacía era como si estuvieran mal sintonizados. Un día ella decidió que si no se iba la rutina la mataría y partió junto a unos misioneros en una campaña de alfabetización.

Él no sabía a qué inhóspita zona del globo había ido la misión ni por cuánto tiempo, la incertidumbre y la espera lo atormentaban, habría querido abordar un avión al Congo o a Tel Aviv, pero nada le garantizaba que ella estuviera en alguno de esos lugares, así que esperó.

Dos meses después ella volvió. Cuatro meses después de que ella partió, él se enteró de su regreso. La razón de que no se enterara antes era simple: volvió a su departamento de soltera y dejó fuera al mundo, el motivo era lo intrigante y por más que él indagó no obtuvo respuesta, así que harto de tanto hermetismo fue a verla.

Por suerte  llegó justo cuando ella sacaba la basura a la calle. Ahí mismo, él con el uniforme de su trabajo y ella vestida como una esclava, él afirmó quererla todavía y necesitarla en su vida, ella bajó la vista al suelo y se cubrió la cabeza con la chalina dejando libres únicamente los ojos. A las palabras atropelladas de ella únicamente se les extraía el sufrimiento de una negativa necesaria, como consecuencia de un terrible mal adquirido durante la misión. Ella fue firme por el bien de los dos, él no lo fue y la dejó.

Un par de semanas después él dejó todo y cambió su residencia a otra ciudad. Quiso la suerte que coincidiera con un viejo conocido de ambos y fueran a almorzar, esa tarde él se enteró que ella nunca había dejado el país sino que había estado en una comunidad rural y que aquel famoso y contagioso mal que según tenía entendido se propagaría como la malaria, no era otra cosa que un asunto de piojos.

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