Cuentan que una vez Teseo,
adentro del laberinto, encontróse con el minotauro y éste no le inspiró miedo
ni repugnancia alguna. Se trataba de un príncipe, como él; cortés, taciturno,
melancólico. Sus enormes ojos de semental, parecían ser de ternero, reflejaban
una profunda e inmensa tristeza. Teseo no sólo le perdonó la vida, sino que lo
dejó en libertad.
Una vez libre, el minotauro vagó cierto tiempo, hasta que
llegó a un corral y tan cansado estaba que se cobijó bajo un árbol. Ahí fue donde
la vio; ella el amor soñado de sus eternas noches en vela; blanca, hermosa y
joven. Pensó en acercarse, pero lo detuvo la conciencia de su condición.
Como la amó resignadamente desde el primer instante, se
contentó con seguir sentado viéndola. Era una vaca bella y cautivante. La vio
todo el día, cada día, hasta consumirse por aquel amor pacífico.
Más le hubiera valido ser muerto por Teseo.

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